La resurrección

Tres días habían pasado de aquel terremoto. De aquel mediodía que se hizo noche en segundos, de aquel último suspiro. De sus últimas palabras: Consumado es, finalizado está.

Pasaron tres días, y Jesús resucitó. Aunque algunas mujeres no lo hayan reconocido a simple vista, a pesar de la incredulidad de su discípulo Tomás, a pesar de que Pedro y algunas más volvieran a su antiguas costumbres, antes de conocer a Jesús… A pesar de todo, él había resucitado.

Quizás es un tanto difícil de imaginar el ver a una persona en perfecto estado físico tres días después de haber sido golpeado brutalmente, de forma salvaje y colgado en una cruz.

Pero la resurrección es el premio a la obediencia, a la tarea perfectamente ejecutada. Al mayor acto de amor y misericordia. Dios Padre levantó de los muertos a Jesús, como el primero, para que todos nosotros podamos llegar a la vida eterna.

El primero entre muchos. El camino. La promesa cumplida.

Jesús te amó, y te sigue amando. Él abrió el camino al Padre para todos nosotros, y nos dio la posibilidad de tener vida eterna, de vencer al mundo y a la muerte en su nombre.

La resurrección es el acto de honor más grande que recibió Jesús.

Dios te bendiga, te guarde. Y que el amor de Dios, que es a través de Jesús, te sea revelado para que conozcas cuán grande, cuán ancho, cuán profundo es el amor que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo tienen por nosotros.

Los discípulos vieron a Jesús hacer muchas otras señales milagrosas además de las registradas en este libro. Pero éstas se escribieron para que ustedes continúen creyendo que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, al creer en él, tengan vida por el poder de su nombre.

—Juan 20:30-31

Basado en el Capítulo 20 del evangelio de Juan.
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